Los arqueólogos han localizado una tumba de inhumación romana en el entorno del Castillo de Castelldefels. El hallazgo podría adelantar la práctica de este rito en el noreste peninsular.
Las excavaciones arqueológicas impulsadas por el Ayuntamiento de Castelldefels y el Grupo de Recerca Històrica de Castelldefels (GREHIC) han sacado a la luz una tumba romana de inhumación en los alrededores del Castillo. El hallazgo, que conserva parte del esqueleto, ofrece nuevas pistas sobre la ocupación romana del turón y sobre los rituales funerarios de la época.
La tumba estaba cubierta por tegulae romanas, las clásicas tejas planas, y el cuerpo se dispuso en eje este-oeste, con la cabeza hacia el oeste, alineado con la salida del sol en el equinoccio. No se ha localizado ajuar funerario, algo habitual en este tipo de enterramientos, según detallan los responsables de la intervención.
El arqueólogo director de los trabajos, Pere Lluís Artigues, estudiará ahora el material cerámico recuperado en el estrato, mientras que una antropóloga especializada analizará los restos óseos para determinar el sexo, la edad y las características de la persona enterrada. El esqueleto conserva parcialmente el cuerpo, aunque le faltan la parte superior del cráneo, los peronés, las rótulas y los huesos de los pies, una alteración que los expertos atribuyen a la ejecución de un pavimento del siglo XX levantado junto a la tumba.
El hallazgo se enmarca en la larga secuencia de ocupación del cerro del Castillo, donde ya se conocía la existencia de una villa romana documentada desde finales del siglo I a.C. hasta el siglo V o VI d.C. Esta casa de campo se construyó sobre un poblado ibérico anterior, cuyos restos pueden verse bajo un suelo de vidrio en la iglesia del castillo.
La conexión con el mundo funerario romano en el turón no es nueva: en 1989 se halló empotrado en la pared de la rectoría un monumento funerario dedicado hacia el año 100 d.C. por Valèria Haliné a su marido, Gai Trocina Synecdemus, ambos libertos que prosperaron en esta zona del litoral.
La clave para datar la tumba está en la cerámica recuperada en su entorno: fragmentos de Terra Sigillata de producciones sudgálicas y de Arezzo, típicas de época de Augusto o inicios del Imperio (siglo I a.C. - siglo I d.C.). No se han detectado piezas tardías ni cerámicas medievales o modernas en el estrato directo, salvo contaminaciones superficiales del siglo XX.
Si los análisis confirman que el enterramiento corresponde a la cronología de estas vajillas finas (segunda mitad del siglo I d.C. o inicios del II), estaríamos ante una de las inhumaciones más tempranas del noreste peninsular, ya que la práctica predominante hasta finales del siglo II d.C. era la incineración. Los investigadores, no obstante, mantienen la prudencia y no descartan que la tumba sea de finales del siglo II o principios del III d.C., cuando este rito ya estaba generalizado.
La ubicación del enterramiento también aporta información urbanística: en el mundo romano las tumbas se situaban fuera de la zona habitada, por lo que este hallazgo marca el límite exterior de la villa en el momento de la muerte. Además, la tumba se halla muy cerca del camino histórico que durante siglos conectó el Poble Vell con el Castillo.
Los trabajos de laboratorio serán clave para confirmar la datación y conocer más detalles sobre el difunto. El Ayuntamiento de Castelldefels y el GREHIC prevén dar a conocer los resultados de las analíticas en los próximos meses.

