Un nuevo análisis de los restos arqueológicos de la Barcelona romana dibuja una ciudad dominada por grandes casas señoriales, mientras que las viviendas de las clases populares apenas han dejado huella. Expertos señalan que la información disponible es parcial y refleja solo a las élites.
Un mosaico de mosaicos. Así describen los arqueólogos la Barcelona romana, Barcino, fundada entre los años 15 y 10 a.C. en tiempos del emperador Augusto. Sin embargo, lo que ha llegado hasta nuestros días son casi exclusivamente las casas de los más ricos, mientras que las viviendas de la plebe siguen siendo una incógnita. ¿Dónde estaba el pueblo? Porque haberlo, lo hubo.
En la minúscula ciudad que creció alrededor del monte Tàber, apenas se han documentado cuatro domus, y todas ellas, por su tamaño, distribución y decoración, pertenecieron a grandes potentados. Lo mismo ocurre en la periferia: se han hallado villas —muchas de ellas productoras de vino blanco— en Sant Pau del Camp, La Sagrera, l’Hospitalet de Llobregat, Cornellà, Esplugues, Sant Joan Despí, Montcada i Reixac, Sant Boi de Llobregat, Premià de Mar, Mataró, Gavà, Viladecans o Castelldefels. También en Baetulo, la actual Badalona, que ejerció como capital de su área.
Barcino nació inusualmente cerca de Baetulo, protegida por una muralla octogonal. Su fundación se relaciona con el fin de las guerras cántabras y la voluntad de Augusto de controlar la fértil zona alrededor del Llobregat, en el triángulo entre Collserola, los montes del Garraf y el mar, y de dar ocupación y futuro a militares veteranos. Tierras, negocios, paz.
“Barcino nace como un centro de estructuración del territorio. La gente habitaba estas zonas periurbanas, alrededor de la ciudad, no podemos pensar solo muralla adentro”, explica Isabel Rodà, catedrática de arqueología de la Universitat Autònoma de Barcelona. “Jurídicamente la ciudad controla el ager Barcinonensis, el territorio rural cercano, podríamos decir que son los que suministran los productos de proximidad, algo que hoy está muy de moda pero que ellos ya habían descubierto”, añade con humor.
La imagen que tenemos de Barcino es muy parcial. En obras contemporáneas aparecieron intramuros las domus (o restos de ellas) de las calles Avinyó, Sant Honorat, plaza Sant Miquel o en el Pati Llimona. La primera estuvo en funcionamiento entre los siglos I y IV d.C. y estaba junto a la muralla. Tuvo ricas pinturas en techos y paredes. En uno de sus extremos existía una panadería. Se sospecha que ocupó toda la manzana, con lo que allí debía vivir una gran cantidad de gente: señores y siervos.
“Barcino nace como un centro de estructuración del territorio. La gente habitaba estas zonas periurbanas, alrededor de la ciudad, no podemos pensar solo muralla adentro”
— Isabel Rodà, catedrática de arqueología de la UAB
La segunda domus fue excavada en 1999 y 2002, y aparecieron mosaicos romanos y un gran almacén medieval. Las investigaciones indican que fue construida en el siglo IV. Las habitaciones están decoradas con pinturas y mosaicos que revelan, por ejemplo, que tenían termas privadas, lo que denota el estatus social de sus dueños. Hoy son visitables 680 m2.
Extramuros, pero dentro del actual término municipal de Barcelona, constan restos en Sant Pau del Camp, en la plaza Antoni Maura y, sobre todo, en La Sagrera. A unos cuatro kilómetros de Barcino apareció en 2011 una fastuosa villa de unos 1.100 m2, levantada entre los siglos IV y V d.C., aunque con elementos anteriores, junto a una vía que llevaba hacia la muralla. Contaba con zona residencial, unas termas excepcionalmente bien conservadas, habitaciones decoradas con mosaicos, pinturas murales, conducciones hidráulicas y sistemas de calefacción y dependencias para la gestión agrícola. El elemento más destacado es un mosaico de más de 50 m2, de motivos geométricos, que el Museu d’Història de Barcelona (Muhba) rescató y restauró.
Carme Miró, que fue responsable del Pla Barcino, resume la situación: “Tenemos apenas cuatro casas y media dentro de Barcino y no sabemos cómo eran. Las que conocemos eran impresionantes, con baño privado, pero no tenemos ni idea de cómo vivía el pueblo... La arqueología tiene un sinónimo y es ‘incerteza’”.
“Tenemos apenas cuatro casas y media dentro de Barcino y no sabemos cómo eran. Las que conocemos eran impresionantes, con baño privado, pero no tenemos ni idea de cómo vivía el pueblo”
— Carme Miró, exresponsable del Pla Barcino
Eduard Riu-Barrera, arqueólogo del Servei de Patrimoni i Arquitectura de la Generalitat, detalla que las de Barcino “son casas grandes porque todo el servicio vivía con los patricios, que vivían básicamente del vino. Como la ciudad crece extramuros no hemos encontrado nada por ejemplo en el actual Eixample, que quizás arrasó con lo que había”.
Daniel Alcubierre, arqueólogo del Muhba, añade: “Tenemos información sobre todo de los ciudadanos acomodados, no de las clases trabajadoras, no tenemos sus viviendas, pero sí espacios de trabajo dentro de la ciudad, como la tintorería, la lavandería, una factoría de salazón de pescado, bodega...”. Todos esos restos se excavaron a partir de 1931 y en 1945 quedaron integrados en el Muhba.
“En el siglo I hay muchas villas en funcionamiento en los alrededores –analiza el arqueólogo– y en el IV esas villas han sido monumentalizadas, reformadas... Nos indica que algunas familias han concentrado propiedades y negocios: hace dos mil años, pero parece capitalismo puro”.
La investigación sigue en marcha, y los arqueólogos confían en que futuras excavaciones puedan arrojar luz sobre la vida de los sectores populares de Barcino. De momento, la ciudad romana se muestra como una sociedad de marcados contrastes, donde las élites dejaron su huella mientras que el pueblo permanece en la sombra de la historia.

