El hotel Hyatt de L'Hospitalet de Llobregat se convirtió en el epicentro de la comunidad argentina exiliada en Barcelona para seguir la final del Mundial. Empanadas, cánticos y un ambiente festivo marcaron una velada inolvidable.
El hotel Hyatt de L'Hospitalet de Llobregat se transformó en una embajada improvisada de la Argentina durante la final del Mundial. La sala de actos, alfombrada y anodina en cualquier otro día, amaneció vestida de albiceleste: un puesto de empanadas, pancartas de Maradona y más de un centenar de almas dispuestas a dejarse la voz. Allí, el fútbol no se mira: se vive al ritmo de la cumbia, como si cada balón llevara consigo una promesa de redención.
Un país en miniatura en pleno Barcelonès
Casi todas las camisetas llevaban el 10 de Messi, y las pieles tatuadas exhibían algún guiño a Diego. La percusión y los 'lololos' eran incansables. Imposible oír la propia voz o descifrar la letra de los cánticos, que a más de un culé le sonaron demasiado festivos para una final. Pero es que la tensión se sublimó contra Inglaterra, según explicaban Alicia y Rosana, dos argentinas de Mar del Plata y Buenos Aires que llevan más de 15 años en España. "Ganen o pierdan, luego se va a Arco a celebrar", decían, agradecidas por la acogida.
Lo curioso es que no todos los presentes eran argentinos. Un grupo de jóvenes catalanes, vestidos con camisetas de la selección catalana o la cuatribarrada del Barça, había decidido sumarse a la concentración para sentirse en su lugar. Una metáfora insuperable del país que habrá que tener preparado para los que piden separar el fútbol de la política.
El primer grito: Messi, y el silbido a Trump
El primer frenesí estalló cuando se anunció el nombre de Lionel Messi por megafonía. El primer silbido de censura generalizada se lo llevó un plano corto de Donald Trump cuchicheando con Gianni Infantino. A partir de ahí, la cosa fue en serio. Cada aproximación de la selección española encogía los ánimos, pero el vacío se llenaba sobreexcitándose con cualquier falta. Y, sobre todo, cantando La cuarta estrella: "Por Malvinas, por el Diego, por la última de Leo, Argentina quiero verte bicampeón".
La primera parte terminó con dominio objetivo de los españoles sobre el terreno de juego, pero incapaz de penetrar la burbuja subjetiva de la afición argentina. Las actuaciones musicales del descanso —Justin Bieber, Shakira— fueron barridas por una versión de Sobreviviendo, un himno que, por el mismo precio, movía las caderas y lanzaba proclamas anticoloniales. Los catalanes presentes se miraron y compartieron un suspiro ahogado de envidia nacional.
Nervios de final y unión de dos orillas
La segunda mitad fue un suplicio de emociones. Cada ataque rival provocaba un silencio tenso, cada contra argentina, una explosión de esperanza. El Hyatt de L'Hospitalet se convirtió en un termómetro de la comunidad argentina en la provincia de Barcelona: allí estaban representadas todas las provincias, todas las edades, todos los oficios. El fútbol, una vez más, demostró ser el idioma universal que borra fronteras y tiempos de ausencia.
Para el vecino de L'Hospitalet, ver aquella marea albiceleste en un hotel del municipio fue un recordatorio de que la ciudad es un crisol de culturas. La comunidad argentina, una de las más numerosas de la comarca, encontró en ese espacio un refugio para compartir la nostalgia y la pasión. Y es que, como decía una pancarta improvisada: "Donde hay un argentino, hay una cancha".
La velada terminó con abrazos, lágrimas y la promesa de repetir en el próximo Mundial. El hotel recuperó su silencio, pero en el aire quedó el eco de un país que, aunque lejano, siempre encuentra la manera de estar cerca.

