Massimo Pignata abrió DelaCrem en 2010 en un local que llevaba once años vacío. Hoy, la heladería tiene cola cada día y emplea a 50 personas en tres puntos de venta.
Massimo Pignata llegó a Barcelona hace casi veinte años, se enamoró de la ciudad y de una catalana, aprendió el idioma y, con más de treinta, decidió dejar el turismo para aprender a hacer helados. En 2010 alquiló un local en la calle Enric Granados que nadie quería: once años vacío, sin terrazas ni peatonalización prevista. Allí montó un obrador, durmió poco y abrió DelaCrem.
El primer año cabían todos en una foto de carnet: él en el obrador y una camarera al otro lado del mostrador. Sin sillas ni mesas, solo helado para llevar. El récord de caja fue de mil euros un día de julio de 2010, durante la manifestación por el Estatut. El primer invierno fue la prueba de fuego: la caja no llegaba, el banco cerraba la puerta y su padre, desde Italia, hacía de banco improvisado para pagar proveedores y nóminas.
Aquella fragilidad inicial contrasta con la foto actual. La empresa ronda las 50 personas en plantilla entre contratos completos y parciales. Unas quince se dedican a producción; el resto, al servicio y a la organización diaria de tres puntos de venta. Cada heladería tiene su propio obrador y cada obrador, su ritmo, su equipo y sus encargos. No hay un gran almacén central ni cámaras repletas de cubetas congeladas. El 80% del helado se elabora el mismo día.
La escena en el obrador de Enric Granados se repite temporada tras temporada. Cajas de fruta local, cuchillos, manos que deshuesan cereza a cereza y limpian fresas una a una. Dieciséis años después, las fresas siguen entrando enteras y saliendo limpias desde la misma mesa. No es una imagen romántica, insiste Pignata, sino una garantía: “O fresa fresca, o nada”. La fresa congelada está proscrita. El calendario manda.
El ciclo agrícola también decide la carta. No hay helado de melocotón sin melocotón de temporada. La cereza desaparece cuando se acaba la cosecha. En verano llegan el melón y la sandía; en otoño, la calabaza, el boniato, la castaña; en invierno, la manzana al horno con canela. La primavera, admite, es la peor estación para un heladero: pocas frutas, mucha espera, hasta que vuelven el albaricoque y las primeras cerezas.
Hoy, la esquina de Enric Granados concentra una de las colas más persistentes del Eixample. Turistas con mapa y vecinos que ya no necesitan mirar la pizarra. Incluso alguna estrella internacional, como Dua Lipa, ha hecho parada. Todos esperan el mismo gesto: la tapa de metal que se levanta para que la pala entre en silencio en un helado que no se ve, pero se intuye.
Pignata, que creció en el Piamonte en una familia de campo, estudió Historia Contemporánea antes de trabajar en turismo. Su formación en heladería la hizo limpiando fruta, ajustando recetas y observando cómo una heladería podía tomarse tan en serio como un buen restaurante. Ahora, DelaCrem es un destino gastronómico en Barcelona, con tres locales y una clientela fiel que valora la calidad y la estacionalidad.
Para los vecinos de Barcelona, DelaCrem representa un modelo de producción artesanal que prioriza la fruta fresca local y el mínimo azúcar posible. La heladería no solo ofrece un producto, sino una filosofía: respetar el calendario agrícola y elaborar cada día. Quienes quieran probar sus helados pueden acercarse a Enric Granados o a los otros dos puntos de venta, donde las colas son habituales, sobre todo en temporada alta.

