Las trece hermanas benedictinas, de entre 65 y 102 años, han dejado el santuario de Puiggraciós (Vallès Oriental) por el envejecimiento y la falta de relevo generacional. El espacio lo gestionarán laicos.
El santuario de Puiggraciós, un histórico espacio de oración en los Cingles del Bertí, ha perdido a sus últimas guardianas. A mediados de julio, las trece monjas benedictinas que lo habitaban desde 1973 regresaron al monasterio de Sant Pere de les Puel·les, en Sarrià (Barcelona). La decisión responde al envejecimiento natural de la comunidad —con edades que oscilan entre los 65 y los 102 años—, la falta de vocaciones y la dificultad de mantener la actividad en dos sedes.
El día a día del santuario lo asumirá la Associació d’Amics de Puiggraciós, un grupo de laicos creado hace dos años para dar apoyo. El obispado de Terrassa ha asegurado que el santuario continuará abierto y mantendrá su función pastoral, aunque aún debe concretar el modelo de gestión. El domingo 19 de julio se celebró una misa de despedida, presidida por el cura del santuario, Jordi Vilà, en un ambiente muy emotivo.
“Puiggraciós no es el santuario de las monjas, sino del pueblo”, declaró Roser Caminal, la priora, durante la ceremonia. Caminal se mostró orgullosa del camino recorrido: “Hemos dado mucho y hemos recibido mucho”, afirmó. “Todas hemos pasado temporadas en Puiggraciós y constatamos que ha sido una parada obligatoria en las vidas de muchas personas”.
Maria Teresa Botey, de 91 años y en silla de ruedas eléctrica, es una de las monjas más queridas. Vivió en el santuario desde 1973 durante unos años y regresó en 2019 hasta la salida definitiva. “La comunidad femenina de Sant Pere de les Puel·les es más que milenaria, está muy unida y lo que hemos vivido en el santuario es muy bonito”, explicó. “Siempre ha habido mucha cercanía con los pueblos. Los santuarios de la Virgen María siempre tienen algo especial, es una madre para todos”.
La hermana Isabel Vivancos, de 80 años, también recuerda con afecto la “proximidad y cotidianidad de las visitas. Me llevo muchas conexiones bonitas”. En el santuario se han celebrado bautizos, bodas, exposiciones, lecturas y conciertos, además de las eucaristías y plegarias.
El regreso al monasterio de Sarrià supone volver a casa, pero también un cambio de vida. El edificio barcelonés, con altos muros que esconden un huerto de tomates, cebollas y calabacines, y un claustro rodeado de naranjos, sigue abierto a creyentes y a quienes buscan un oasis espiritual. “Tenemos una hospedería que puede acoger hasta 25 personas. Vienen de todas partes: Valencia, Andorra, Badajoz… e, incluso, del extranjero”, explican las monjas.
La monja Conxa Adell reivindica que este es un monasterio urbano que “tiene las puertas abiertas a todos los laicos que tengan sed de Dios. Con creatividad y amor, tenemos una oportunidad para conectar con la comunidad”. Por su parte, Griselda Cos define su vida monástica como “una permanente en la plegaria en el corazón de la ciudad. Nos sentimos muy comprometidas con Barcelona y la identidad catalana”.
El obispado de Terrassa confía en que la Associació d’Amics de Puiggraciós garantice la continuidad del santuario como lugar de culto y encuentro. Los detalles de la nueva gestión se conocerán en las próximas semanas.

